Dice el refrán: “Lo bueno, si breve, dos veces bueno”. Y yo añadiría: “Lo sincero, si simple y claro, el doble de sincero”.
Así que no seas afectado, no presumas ni te engalanes con plumas de pavo real. Sé tu mismo, porque nadie se enamora de un maniquí que huele a falso.
En el mundo del Siglo XXI, en la Internet 2.0, nadie tiene mucho tiempo para dedicarte. Así que tendrás que enamorar a tus clientes en plan “flechazo” o no lo conseguirás, porque nadie te va a dedicar más allá de unos pocos segundos.
Por eso no empieces tus Cartas de Venta mientiéndole a tus clientes con esas frases que no engañan ni a los críos de primaria, del tipo de “¿Quieres hacerte rico en dos días?”, “Gana dinero mientras duermes” y estupideces similares, porque saldrán huyendo como alma que lleva el diablo.
Porque esas frases, esos planteamientos huelen a engaño. O para decirlo aún más claramente: ¡apestan!
Y el olfato es un sentido que influye decisivamente en el amor. ¿O acaso tú te enamorarías de alguien cuyo olor tirase de espaldas? ¡Por supuesto que no!
Y te diré más, no te enamorarías de esa persona porque no le darías el tiempo necesario para ello, porque saldrías huyendo a la primera “bofetada” de olor.
Así que intenta que tú, y todo lo que te rodea, huela a sinceridad, a honestidad, a calidez humana, y verás cómo tu cliente se detiene ante ti sorprendido por algo que no es habitual en el mundo comercial.
Te voy a revelar una forma muy sencilla de oler a sinceridad: sé coherente en tus planteamientos, ¡pero en todos!
Mantén un mensaje uniforme y coherente, no digas hoy una cosa y mañana la contraria, porque entonces parecerás un político que intenta robarnos nuestro voto con sus mentiras.
Predica con el ejemplo, ve con la verdad por delante y repite el mismo mensaje simple y claro siempre que tengas oportunidad.
Es preferible decirle simplemente: “te quiero”, que perderte en circunloquios rebuscados que, al fin y a la postre, siempre dejan dudas sobre el sentido de tus palabras.
Sinceridad, limpieza de intenciones y, sobre todo, claridad y concrección.
Recuerda lo que decía aquella mujer despechada porque su novio seguía dándole largas después de varios años de noviazgo: “Estoy harta de que me jures amor eterno. Lo que quiero es que me demuestres que es verdad pasando por la vicaría.”

